Anteriormente
al cine sonoro ya existía el sonido en el cine. Los cineastas y proyectistas se
habían preocupado de ello, pues el
cine nace con voluntad sonora. En las primeras filmaciones cortas en que
aparecen actores y actrices bailando, el espectador no oye la música, pero
puede observar sus movimientos. Por otra parte, rara vez se exhibían las películas en
silencio. Los hermanos Lumiére, en 1897, contrataron un cuarteto de saxofones
para que acompañase a sus sesiones de cinematógrafo en su local de París y hubo
compositores de valía, como Saint-Saéns que compusieron partituras para
acompañar la proyección de una película. Músicos y compositores tenían en el
negocio del cine mudo una fuente de ingresos. No sólo la música, también los
ruidos y acompañamiento tenían cabida en el cine mudo, por lo que algunos
exhibidores disponían de máquinas especiales para producir sonidos, tempestades
o trinar de pájaros. Cierto es que este sistema era solamente posible en
grandes salas, en ciudades o lugares de público pudiente, y escasamente podía
apreciarse en pueblos o lugares alejados. Todos los instrumentos eran válidos
para hacer música en el cinematógrafo aunque el piano (y la pianola) era
normalmente el más apetecido.
Algunos
experimentos habían demostrado que las ondas sonoras se podían convertir en
impulsos eléctricos. En el momento en que se logró grabar en el celuloide esta
pista sonora, se hizo posible ajustar el sonido a la imagen, y por lo tanto
hacer sonoro el cine.
Thomas
Alva Edison, uno de los inventores del cinematógrafo, había conseguido grabar
la voz humana en su fonógrafo en el año 1877. No fue el primero, ya que Muybridge
gravó la progresión del galope de un caballo en 1972. Estos dos precursores
sientan las bases de los inventos posteriores. En el caso del cine, el problema
que no se conseguirá solucionar de manera rentable y eficaz hasta después de la
Primera Guerra Mundial será la sincronización de sonido e imagen.
En el año 1893, el físico francés Démeny inventó lo que se llamó
fotografía parlante. Charles Pathé, uno de los pioneros del cine, combinó
fonógrafo y cinematógrafo, llegando a fabricar unas 1900 películas cantadas. Y
también en la misma época, Léon Gaumont desarrolló un sistema de sonorización
de films parecido, que presentó en la Exposición Universal de París de 1902.
Otros inventos posteriores, el de Eugène Lauste y el de Messter Baron y Ruhmer,
en la segunda década del siglo XX, son importantes como primeros experimentos,
pero no llegaron a buen término a causa de la mala calidad del sonido
resultante o problemas con la sincronización.
Así, en 1918, es patentado el sistema sonoro llamado TriErgon, que
permitía la grabación directa en el celuloide. Pero no será hasta el año 1922
que Jo Engel, Hans Vogt y Joseph Massole presentan el primer film, Der
branstifer, que lo utiliza incorporando las aportaciones del ingeniero
norteamericano Lee de Forest. El sistema que usan estos alemanes dará lugar al
llamado Movietone, que será utilizado por la Fox antes de la estandarización y
al llamado Tobis Klangfilm.
En 1923, el ya mencionado Lee de Forest presenta su invento definitivo y
establece las bases del sistema que finalmente se impuso. El Phonofilm resolvía
los problemas de sincronización y amplificación del sonido, porque lo grababa
encima de la misma película. A pesar del éxito logrado con la proyección de una
secuencia de The Covered Wagon, la falta de financiación postergó la
implantación del invento hasta el año 1925. Los empresarios que dominaban el
sector no creyeron en él en aquel momento, porque la adopción del sonoro
implicaba una fuerte inversión, ya que había que adaptar los estudios y todas
las salas de proyección.
En
1925, la compañía Western Electric decide apostar por Lee de Forest y, en el
año 1926, se inició la producción bajo la tutela de la Warner Brothers que, con
esta apuesta, pretendía superar una mala situación económica. Y así ese año
presentaban cinco cintas en que la imagen convivía con el sonido gracias al
sistema Vitaphone de sincronización disco-imagen. Éstas consistían en un
discurso de William Hays, una pieza interpretada por la New York Philarmonic
Orchestra, una pieza de violín tocada por Mischa Elman, una audición de la
cantante Anna Case y la película de Alan Crosland, Don Juan, con John Barrymore
como protagonista y en la que se había añadido una partitura interpretada por
la orquesta antes citada.
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